martes, 24 de enero de 2012

FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO. PARECIDOS Y ALEJAMIENTOS DEL MITO.

El divino Zeus encadenó cruelmente al más amado de los hijos de Jápeto y de cualquier otro titán, a Prometeo. En un picacho del Cáucaso, con firmes e irreductibles cadenas, lo abandonó a merced de un águila que devoraba todos los días, puntual y fatídica, el hígado del rebelde Prometeo para, acto seguido, regenerar de nuevo el hepático órgano. Pero ¿cuál fue el crimen que cometió para tamaña condena? Que cometió una osadía, contraviniendo los deseos de Zeus.

Cuentan los mitos griegos de manera unánime que Prometeo robó el fuego divino para dárselo a los hombres y así alumbrarles en su vida diaria, desobedeciendo a Zeus. Les dio demasiado, al parecer, pues les insufló todo lo que es propio e inherente al hombre y que antes sólo pertenecía a los divinos. Pero no es sólo esto, algunos mitos recogen que Prometeo hizo estas cosas tras un primer desliz: haber creado al hombre a partir del barro; ni más ni menos. Pese a que fue hecho a imagen y semejanza de los dioses, siempre se me escapó cómo el titán no retrocedió ante el espanto que tal criatura de seguro le produjo. Quizá a Zeus sí que le procuró cierta aversión este engendro abyecto que a ojos divinos provocaba terror; por eso castigó con tal saña a Prometeo.

Pero la humanidad se extendió y consiguió el poder. Lo abyecto era lo que no compartía ahora su propia naturaleza. El hombre es hermoso para el hombre, y el canon de belleza y de ética partía de él. Algunos como Narciso, de tanto mirarse, lograron ver más allá, consiguieron ver su interior y quedaron inmóviles ante esa visión. Pero, en general, lo que nos espanta es lo ajeno a nosotros, como ya he dicho.

Mary Shelley escribió un relato acerca de un moderno Prometeo, de un hombre de elevados instintos, heroico, y como tal… poco dado a pensar en las posibles consecuencias de sus actos. Victor Frankenstein llevaba por nombre, y consagró su juventud al estudio natural y a la creación de un ser: a ser dador de vida. Y lo consiguió, cual hijo de Jápeto moldeó un cuerpo y le insufló vida, inyectándole además sensibilidad e inteligencia. Pero el resultado le produjo tal espanto que lo abandonó a su suerte; a diferencia de los dioses, este creador humano sintió pavor ante la visión de su creación, hasta tal punto que le destrozó y le llevó a las más amargas cuitas.

Las Erinias, esas salvajes Furias, serían las encargadas de que sufriese cruel castigo, las Erinias y el propio monstruo, acorralado ante la falta de amor y compasión. Su condena se hará tan pérfida como la del propio Prometeo.

Es curioso, siempre pensé en el vídeo como algo terrorífico. No sé si habréis tenido la experiencia de fotografiar a paisanos de algún pueblo aislado. Éstos se espantan ante las cámaras, y no por poseer un alto concepto de la intimidad, que también, sino porque lo ven como un objeto demoníaco que atrapará parte de su alma, un instumento que lo re-producirá -¿quién se reconoce al ser reproducido?-. Pero la fotografía no deja de captar un momento, es algo fugaz y presa del instante. El vídeo no, el vídeo crea vida; éste sí: la vuelve a producir, y la re-produce aunque estés muerto mediante el ensamblaje de fotogramas, como si fueran pedazos de piel y miembros unidos. Una realidad virtual que no deja de ser realidad. Los primeros espectadores que vieron las imágenes de los hermanos Lumière debieron sentirse aterrados ante la proyección de unos obreros que salían directamente de la pared del salón. Requieren cierta preparación estas cosas que ya son innatas hoy en día, habiéndose introducido en la percepción “normal” del género humano.

Si viéramos todos los días monstruos como la criatura creada por Victor Frankenstein quizá les amáramos y compartirían común vida con nosotros. O quizá nos hubiesen superado y destrozado, como nosotros a los dioses…

Pero si Prometeo tras crear al hombre le dio el fuego para ayudarle en su vida cotidiana, Frankenstein no aportó nada a su engendro más allá de darle la vida. Si el titán pasó a ser decididamente el protector de la humanidad, Victor se convirtió en enemigo declarado de la criatura.

El estilo del libro, si se me permite la licencia de los tópicos, es romántico y destila por todas sus líneas feminidad. Es decir, es un libro de terror horriblemente patético. Uno, con demasiada frecuencia, acaba hasta el gorro de tanto lamento, tanta agonía, tanto sentimiento extremo y contrapuesto. Ante el deleite poético hacia la naturaleza, el gozo por el amor, la pasión de la vida…, en resumen, ante el disfrute humano del mundo sensible se contrapone siempre, y sin término medio, el espanto de la mente arrinconada en profundidades insoldables, el lamento pueril ante lo evitable, la lobreguez de ciertos parajes, la perfidia de los hechos consumados…

Percy Bysshe Shelley, esposo de la autora de esta obra, creo años después un poema dramático que llevaba por título “Prometeo encadenado”, en el que el protagonista era un héroe rebelde, un titán romántico que sufre el castigo por amar a su obra. Mary Shelley, al utilizar el terror, está abocada a crear un héroe más patético que épico, un humano que sufre el castigo por no amar a su obra.