lunes, 24 de noviembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
Dédalo, Ícaro y la pintura
Aquí van algunas de las obras pictóricas sobre este mito.


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Tras la colocación de las alas por parte de Dédalo, éste, le explica a su hijo como debe volar, aquello de "no debes volar demasiado alto puesto que el Sol deshará la cera de las alas y se despegarán las plumas. Tampoco debes ir muy bajo, ya que la humedad del mar, hará que pesen más las plumas y cueste más avanzar."
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Todas estas representaciones de diferentes épocas muestran el fatal accidente de Ícaro, por no hacer caso a su padre que tan bien le había aconsejado. Este joven decide volar como si fuera un pájaro de verdad cegado por el poder y tras intentar hacer una serie de peripecias y acrobacias para lucirse. Debido a esto y a los cambios de temperatura y humedad la cera se deshizo, y las plumas se quemaron, finalmete Ícaro hizo "chafum!" y murió ahogado.
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Actualmente también se realizan cuadros representando a Ícaro, como éste que es de 'arte moderno' y según dicen las personas que consiguen comprenderlo es el momento en el que Ícaro muere; las estrellitas amarillas serían las plumas de las alas, y también podemos encontrar un corazón de plumas rojo en el centro del cuerpo antropomorfo que sería la sangre.
lunes, 17 de noviembre de 2008
Camino a la libertad

Manuel apagó el televisor y se quedó mirando la pantalla negra, donde podía ver el reflejo de su triste y pensativo rostro.
Acababa de ver un documental de mitos griegos, donde habían hecho especial hincapié en el mito de Ícaro y Dédalo. Se sintió muy identificado con Ícaro, su vida era como un laberinto, donde cada día se veía atrapado en las mismas escenas y temía encontrarse con el minotauro, su padre.
Llevaba quince años soportando los gritos y golpes de su padre, aunque lo peor era ver como pegaba y humillaba constantemente a su madre.
Manuel se sentía perdido, sin salida, y solo ansiaba una cosa, aquello que había conseguido Ícaro: la libertad, poder volar y escapar de todo aquello.
Envidió a Ícaro, aunque sus alas se derritieran por el calor del sol y cayera, porque fue libre, por unos instantes pudo saborear la libertad.
Estuvo durante todo el día cabizbajo, apático, esperando el momento en que su padre llegara del trabajo y volvieran a comenzar los gritos.
Milagros, su madre, una mujer consumida por los años y la miseria que soportaba día a día, se dio cuenta de que Manuel estaba raro, no había hablado casi a lo largo del día y apenas había probado la comida. Pero Milagros dejó correr la ocasión de hablar a solas con su hijo, el muro que había construido para aislarse ya ni siquiera dejaba entrar a las personas a las que quería, poco a poco iba encerrándose en sí misma como un erizo lo hace para protegerse de los ataques.
Ya eran las ocho de la noche y su padre estaba al caer.
Manuel estaba sentado en el sofá viendo la tele, pero sin prestar atención. Se escuchó el tintineo de las llaves detrás de la puerta, ya estaba allí.
Manuel no se movió al oír el fuerte portazo que dio su padre, ya estaba acostumbrado.
Cuando entró en el salón ni siquiera lo miró a la cara.
-Dame el mando de la tele. –dijo autoritariamente.
Manuel sintió odio, no iba a dejar que su padre siguiera haciendo aquello más, no lo iba a permitir. Se levantó mirándolo a los ojos con valor.
-Estoy viendo yo la tele. –Enfatizó el “yo” y no le tembló la voz.
Como respuesta recibió una fuerte bofetada, después la ira de su padre se desató y comenzó a insultarle con odio.
Dejó a su padre gritando y salió corriendo de su casa. Subió a la terraza, donde reinaba el silencio y la tranquilidad.
Se acercó al borde y echó un vistazo a la calle, poco concurrida a aquellas horas.
Subió al bordillo y sintió la suave brisa acariciar su cara.
-yo también quiero ser libre. –susurró.
En la ceguedad de conseguir la, tan ansiada, libertad, no pudo escuchar los gritos de milagros, que corría hacia él suplicándole que no lo hiciera. Entonces ascendió, vio la cárcel de su cuerpo estampada en el asfalto y se sintió libre, volando. A diferencia de Ícaro, él no sintió el calor del sol, pero pudo casi rozar la glacial luna.
Una sacudida lo sacó de su ensimismamiento. Oía la voz lejana de su madre. Milagros gritaba y lo llamaba mientras sollozaba.
Por fin Manuel volvió a la realidad. Había sido tan bello volar, pero aquí le esperaba una hermosa vida con su madre.
-Quiero volar. –Confesó el deseo a su madre.
Milagros lo abrazó y le respondió cargada de esperanza.
-Mañana los dos volaremos.
Manuel y Milagros miraban las nubes y el sol a través de las ventanillas del avión.
Empezarían una nueva vida alejados del minotauro. Ahora los dos volaban y estaban más cerca del sol. Por fin habían encontrado el camino a
la libertad.