sábado, 4 de febrero de 2012

Para mis alumnos y todos los que son como ellos



Carta a María por



Arturo Pérez-Reverte





Tienes catorce años y preguntas cosas para

las que no tengo respuesta. Entre otras razones,

porque nunca hay respuestas para todo.

Y además, he pasado la vida echando la pota

mientras oía a demasiados apóstoles de vía estrecha,

visionarios y sinvergüenzas que decían tener

la verdad sentada en el hombro. Yo sólo puedo

escribirte que no hay varitas mágicas, ni ábrete

sésamos. Esos son cuentos chinos. De lo que sí

estoy seguro es de que no hay mejor vacuna que el

conocimiento. Me refiero a la cultura, en el sentido

amplio y generoso del término: no soluciona casi

nada, pero ayuda a comprender, a asumir, sin caer

en el embrutecimiento, o en la resignación. Con

ello quiero sugerirte que leas, que viajes, y que

mires.

Fíjate bien. Eres el último eslabón de una

cadena maravillosa que tiene diez mil años de historia;

de una cultura originalmente mediterránea

que arranca de la Biblia, Egipto y la Grecia clásica,

que luego se hace romana y fertiliza al occidente

que hoy llamamos Europa. Una cultura que se

mezcla con otras a medida que se extiende, que se

impregna de Islam hasta florecer en la latinidad

cristiana medieval y el Renacimiento, y luego viaja

a América en naves españolas para retornar enriquecida

por ese nuevo y vigoroso mestizaje,

antes de volverse Ilustración, o fiesta de las ideas,

y ochocentismo de revoluciones y esperanzas. O

sea, que no naciste ayer.

Para conocerte, para comprender, lee al

menos lo básico. Estudia la Mitología, y también a

Homero, y a Virgilio, y las historias del mundo antiguo

que sentó las bases políticas e intelectuales de

éste. Conoce al menos el alfabeto griego y un vocabulario

básico. Estudia latín si puedes, aunque

sólo sea un año o dos, para tener la base, la madre,

del universo en que te mueves. Da igual que te

gusten las ciencias: ten presente —como siempre

recuerda Pepe Perona, mi amigo el maestro de

Gramática—, que Newton escribió en latín sus

Principia Mathematica, y que hasta Descartes toda

la ciencia europea se escribió en esa lengua.

Debes hablar inglés y francés por lo menos, chapurrear

un poco de italiano, y que el estudio del

gallego, del euskera, del catalán, que tal vez sean

tus hermosas y necesarias lenguas maternas, no te

impida nunca dominar a la perfección ese eficaz y

bellísimo instrumento al que aquí llamamos castellano

y en todo el mundo, América incluida,

conocen como español. Para ello, lee como mínimo

a Quevedo y a Cervantes, échale un vistazo al

teatro y la poesía del siglo de Oro, conoce a Moratín,

que era madrileño, a Galdós, que era canario,

a Valle—Inclán, que era gallego, a Pío Baroja, que

era vasco. Rastrea sus textos y encontrarás

etimologías, aportaciones de todas las lenguas españolas

además de las clásicas y semíticas. Con

algunos de ellos también aprenderás fácilmente

Historia, y eso te llevará a Polibio, Herodoto, Suetonio,

Tácito, Muntaner, Moncada, Bernal Díaz del

Castillo, Gibbon, Menéndez Pidal, ElIiot, Fernández

Álvarez, Kamen y a tantos otros. Ponlos a todos en

buena compañía con Dante, Shakespeare, Voltaire,

Dickens, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Melville,

Mann. No olvides el Nuevo Testamento, y recuerda

que en el principio fue la Biblia, y que toda la

historia de la Filosofía no es, en cierto modo, sino

notas a pie de página a las obras de Platón y

Aristóteles.

Viaja, y hazlo con esos libros en la intención, en la

memoria y en la mochila. Verás qué pocos fanatismos

e ignorancias de pueblo y cabra de

campanario sobreviven a una visita paciente a El

Escorial, a una mañana en el museo del Prado, a

un paseo por los barrios viejos de Sevilla, a una

cerveza bajo el acueducto de Segovia. Llégate a la

Costa de la Muerte y mira morir el sol como lo

veían los antiguos celtas del Finis Terrae. Tapea en

el casco viejo de San Sebastián mientras consideras

la posibilidad de que parte del castellano

pudo nacer del intento vasco por hablar latín.

Observa desde las ruinas romanas de Tarragona el

mar por el que vinieron las legiones y los dioses,

intuye en Extremadura por qué sus hombres se

fueron a conquistar América, sigue al Cid desde la

catedral de Burgos a las murallas de Valencia, a

los moriscos y sefardíes en su triste y dilatado

exilio. En Granada, Córdoba, Melilla, convéncete

de que el moro de la patera nunca será extranjero

para ti. Y sitúa todo eso en un marco general, que

también es tuyo, visitando el Coliseo de Roma, la

catedral de Estrasburgo, Lisboa, el Vaticano, el

monte San Michel. Tómate un café en Viena y en

París, mira los museos de Londres, descubre una

etimología almogávar en el bazar de Estambul o

una palabra hispana en un restaurante de Nueva

York, lee a Borges en la Recoleta de Buenos Aires,

sube a las pirámides de Egipto y a las mejicanas

de Teotihuacán. Si haces todo eso —o al menos

sueñas con hacerlo—, conocerás la única patria

que de verdad vale la pena.